
El cielo estaba gris. Mi suéter era negro. La sangre roja, El dinero verde, la pintura un flujo de colores. Y tú eras blanca, tan blanca como la nieve que no cayó.
Caminamos por el puente, la puerta, los ocho pisos. Tantas cosas que pensar. Y es lo que hago. Me pongo a pensar. Pero pensar en ti, no me permite ignorarme a mí. Porque me pregunto si fue tu culpa, como de esto fue la mía. Sería más fácil culpar a alguien más, pero por supuesto fuimos nosotros. Casi te ríes, y me muero por saber cómo puedes hacer esto con una sonrisa.
¿Qué fue lo último que dijiste cuando te decapitaron? ¿Te la cercenaron o a caso fuiste tú? Yo también me he decapitado. Ella tenía la daga, pero la tenía bien guardada. Yo la busqué. Y al encontrarla, no había nada más que hacer. Vete, le dije después de todo, pero aquí está. ¿La ves sin tus ojos?
¿Que fue lo más doloroso para ti? Para mí, no fue el hecho en sí, sino lo que vino después. El verme caer, el verme llorar, el verme sin ojos.
En un instante se pierde todo y nadie lo puede devolver. Porque tú lo perdiste hace mucho. Pero no te enteras hasta ahora, cuando la ves sin ojos y te dice que todavía te ama. Todavía te ama. Es por eso que te ríes. Y regresas a tu cuarto con un dolor de cabeza.
Thursday, November 1, 2007
El dolor de cabeza
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